Y de querer, ¿podría reelegirse?

El Excélsior – Ángel Verdugo: 

La palabra presidencial, particularmente en países como el nuestro —donde el populismo es la visión profundamente arraigada que marca la gobernación—, y en coyunturas complejas como la que hoy enfrentamos, debe ser dosificada con prudencia e inteligencia.

Sin embargo, tal parece que a nuestros gobernantes les seduce escucharse; les domina esa idea equivocada de pensar que decir discursos acerca de todo en todas partes, es la actividad central de la gobernación. Ignoran, entre muchas otras cosas, que el elemento central de toda gobernación es decidir y, además, hacerlo en su debida oportunidad; no antes, mucho menos después.

Si revisaremos las páginas de Presidencia de la República de los tres gobiernos anteriores —el de Fox, el de Calderón y el de Peña—, nos encontraríamos con una realidad que raya en un ridículo de proporciones gigantescas: miles de discursos, insulsos la aplastante mayoría de ellos.

El peligro de esta diarrea verbal, que el actual gobernante comparte con los tres que lo antecedieron es, no otro, que en no pocas ocasiones se dice lo que inconscientemente pretenden ocultar, pero, en la euforia discursiva, lanza las palabras que jamás debió haber dicho.

Cada uno de los tres presidentes —Fox, Calderón, Peña— tenía, sin duda, varios temas prioritarios a los que dedicaron buena parte de sus intervenciones públicas; ¿recuerda usted alguno de esos miles de discursos? Hoy, López los imita en su incontinencia verbal y cae, sin proponérselo, en decir lo que seguramente habría preferido callar. El tema al que me refiero —en el caso de López— es, no otro que la reelección presidencial.

Como bien sabemos, el artículo 83 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece: El Presidente entrará a ejercer su encargo el 1o. de octubre y durará en él seis años. El ciudadano que haya desempeñado el cargo de Presidente de la República, electo popularmente, o con el carácter de interino o sustituto, o asuma provisionalmente la titularidad del Ejecutivo federal, en ningún caso y por ningún motivo podrá volver a desempeñar ese puesto. Este artículo ha sufrido cinco reformas; una en cada uno de estos años: 1927, 1928, 1933, 2012 y 2014.

Como nos podemos dar cuenta del texto transcrito, la no reelección del presidente de la República no es, en modo alguno, consecuencia de que el que esté en funciones o lo hubiera estado no quiera reelegirse sino de algo más claro: la prohibición expresa de nuestra Constitución. Luego entonces, ¿por qué se empeña López en decir que no se reelegirá, o que no quiere reelegirse? ¿Acaso piensa que de querer reelegirse, lo podría hacer?

Como podemos darnos cuenta, las palabras —siempre improvisadas de López—, lo que dejan ver es la ambición de perpetuarse en el poder; el subconsciente lo traiciona. Ante las repetidas manifestaciones de su intención de no querer reelegirse o que no se reelegirá, ¿no merecerían una aclaración clara y firme —con base en el texto constitucional—, por parte de legisladores cuya preparación en materia de derecho constitucional está fuera de duda? ¿Por qué doctores en derecho como los senadores Monreal y Mancera, nada dicen ante las intenciones reales —falsamente disfrazadas— de López?

¿Qué explica esta conducta? ¿Acaso su silencio, el de ambos y el de muchos más, es una aprobación tácita de que estarían dispuestos a aprobar la intentona reeleccionista de López? ¿Por qué tan callada la sociedad civil que la representan los que no tienen templete aborrecido? ¿Y los aguerridos legisladores como Álvarez y Zepeda, que prácticamente de todo detalle hacen un escándalo para atraer los reflectores? ¿Y a qué se debe el silencio de Dresser, Aguilar, Castañeda, Tello, Zuckermann, Bastidas, Schettino, Delgado, Loret y López en relación con este tema? ¿Por qué el desdén?

Por último, ¿qué habrían dicho, López y los dos senadores y los comentaristas arriba mencionados, si Peña hubiese manifestado —una y otra vez— lo que hoy, sin respeto por la prohibición constitucional, expresa López?

Fuente: El Excélsior