Deber de injerencia

El Universo – Alfonso Oramas

Una de las principales discusiones que se generan en torno a la situación venezolana tiene relación entre dos posiciones claramente antagónicas: una, la que defiende la inadmisibilidad de la intervención en los asuntos internos de los estados; y la otra, que expone el deber de injerencia cuando determinadas circunstancias y condiciones así lo exigen. Tomando en cuenta la porquería y desquicio en los que naufraga el gobierno de Maduro, resulta procedente analizar de forma abierta las peculiaridades de este denominado deber de injerencia.

En la realidad, hay que admitir que ciertos principios y conceptos del Derecho Internacional pueden ser interpretados en ocasiones de forma antojadiza, por lo que resulta necesario que los argumentos en consideración tengan el debido sustento. En ese contexto, y tal como señala Ortiz de Rozas, la necesidad de actuar “frente a graves transgresiones ha planteado una indudable incompatibilidad con el principio de no intervención”, y agrega que “la compulsión moral que pueden sentir los estados de no permanecer inconmovibles ante hechos deleznables practicados en perjuicio de la dignidad y la vida de las personas… puede desembocar en lo que se ha definido como deber de injerencia”, el cual determinaría inclusive involucrar el uso de la fuerza. Ortiz de Rozas indica que el concepto del deber de injerencia fue adaptado por Mario Bettati, profesor de Derecho Internacional Público, quien sustentó la idea de que hay que superar las “definiciones restrictivas de la soberanía” para reconocer que existe un “deber de asistencia a pueblos en peligro”, aplicando una “moral de extrema urgencia que apunta a resguardar los derechos fundamentales de la persona”.

Se señala que el deber de injerencia choca abiertamente con respecto a la soberanía de los estados, siendo su legalidad y licitud cuestionadas, razón por la cual se ha admitido que el deber de injerencia debería circunscribirse a la protección que puede brindar la comunidad internacional a pueblos que sufren genocidios, crímenes de guerra, purificación étnica y crímenes de lesa humanidad, por lo que varios estudiosos han expuesto la idea de que más que un deber de injerencia, se debería hablar de un “deber de asistencia humanitaria”. Ahora bien, analizando el caso venezolano, resulta consistente la duda de si acaso ha llegado el momento de aplicar los principios del deber de injerencia para dar paso a la posibilidad de una intervención directa, eventualmente inclusive con el uso de la fuerza de la comunidad internacional; en esa línea considero que a pesar de la repulsión y desprecio que puede generar el nefasto gobierno de Maduro, no se encuentran dadas las condiciones que justifiquen la aplicación plena del deber de injerencia en Venezuela.

Eso no significa, de ninguna manera, ignorar los excesos del sátrapa que dirige Venezuela, pero sí ubicar las expectativas de quienes de forma razonable anhelan la caída de Maduro; por supuesto, hay varias formas para que eso ocurra pero la vía genuinamente democrática debe darse a través de la respuesta del pueblo venezolano, movilizado y crispado de forma sostenida y permanente, sin tregua, sin desmayo hasta que la pesadilla termine. Que sea pronto.

Fuente: El Universo