Entre la corte y el barco

El Universo – John Dunn Insua:

Nuestro país ha sido bicéfalo por mucho tiempo. Esta condición ha llamado mucho la atención de Alain Rouquié y de otros estudiosos de la fenomenología latinoamericana. Esta bipolaridad no solo se da en aspectos políticos y administrativos, sino además en los ámbitos cultural y social, condicionados ambos por las geografías contrastantes que las contienen. Quizá fue ese factor el que llevó a Miguel Donoso Pareja a definirnos como país esquizofrénico en su compleja y laberíntica identidad. Vale la pena entonces tratar de vernos, sin preconcepciones ni clichés, para quizás entendernos. Mucho de lo que me atreveré a escribir se basa en algo de mis lecturas y en mucha especulación personal. Quienes crean conveniente realizar correcciones o aclaraciones, bienvenidos sean.

Partamos de una premisa fundamental y necesaria: Quito no es la Sierra. Al contrario. Dentro del espectro cultural del Ecuador andino, Quito no es la norma, sino la excepción. Si algo caracteriza a las culturas andinas es su carácter gregario, basado en lo tribal. En contraparte, Quito siempre fue nobiliaria, desde mucho antes que los españoles la conquistaran. Nuestra capital es el producto de una serie de sobreposiciones de culturas prehispánicas, que llegaban a ella buscando –muy probablemente– el sitio mítico donde el sol no proyectaba sombra durante el cenit de los equinoccios. Ello debe haber sido la piedra filosofal que convirtió a Quito en un crisol cultural. Solo los elegidos podían alcanzar dicho lugar y dicho honor. Dichas características también hicieron fácil la adaptación de la ciudad del modelo inca al modelo español.

Quito siempre ha funcionado como una corte real. En una corte, los mandos medios prevalecen con suspicacia sobre los dirigentes. La verticalidad de su organización permite que las instrucciones de los mandos superiores se puedan distorsionar a conveniencia del mando medio, con consecuencias poco severas para quien produjo el supuesto malentendido.

Guayaquil nació en Chimborazo. Luego de varios reasentamientos se ubicó donde se encuentra en la actualidad. Más que el cacao, el café o el banano, el Puerto Principal se desarrolló por ser eso: un puerto. La construcción y mantenimiento de los barcos que conformaban la Real Flota de la Mar del Sur era lo nuestro. Nuestra ciudad creció gracias a los barcos que en ella se construían, y adoptó el modelo de mando naviero para su organización interna. En el barco, cualquier alteración de las instrucciones es un acto de insurrección, que no solamente pone en peligro a toda la tripulación, también se castiga con ser botado por la borda. El mando medio del barco debe ser mucho más servil y no ocultar información al capitán, que es quien toma siempre la decisión final.

Ambos modelos –el del barco y el de la corte– tienen sus respectivas falencias. La corte siempre busca una cabeza ajena, un regente que venga de afuera. El barco es ostracista, todo lo que está fuera de su estructura pertenece a la gran nada del mar.

Quizá hemos vivido en un castillo, gobernado por un capitán que se cree en altamar. O tal vez seamos un barco tripulado deficientemente por cortesanos.

Fuente: El Universo